Sus ojos

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Cuando vi su rostro la primera vez,
ella tenía los ojos cerrados de un modo indescifrable para mí…
.

Dicen que los ojos son la ventana del alma, -no me convence mucho la idea-,
pero en este caso no había forma de comprobarlo mientras ella no los abriera.
¿Cuándo los abrió?…

Ella mira con dignidad…
es una dignidad humilde, como afirmando:
Aquí hay poder a tu servicio“.
¡Y vaya que hay poder!
Ha hecho que mi vida siga un rumbo deliciosamente incierto, asombrosamente luminoso y maravillosamente mágico.

De pronto,
me gusta mirarla sin que se dé cuenta: despacito, muy despacito
focalizo mi mirada,
sólo la contemplo, sólo la admiro,
la miro con profundidad y mi alma se cimbra,
me conmuevo al infinito y me inundo de un gozo divino…

“¡Que bella eres!”
Así comienzan las estrofas del Cantar de los Cantares…
“¡Que bella eres!”

Cuando la miro,
en silencio me repito: “¡Qué bella eres!”
No se lo digo pues se la puede creer,
capaz que se llena de vanidad y soberbia;
halagarla tal vez no sea bueno en este momento,
aunque ella ya lo sabe: ¡Es muy bella!

Una vez le pedí que me dejara ver sus ojos de cerquita:
Ella me dió permiso,
me acerqué y tuve una visión,
vi a una niña saltando la cuerda,
alegre, sonriente, feliz, plena de ser.

Sin embargo, uno de los instantes sagrados de su mirada,
de sus ojos, -sus bellos ojos-,
fue el día de su bautizo,
cuando nuestro amigo el Padre Chepe rociaba el agua en su cabeza y ella,
-mi hija Maya-,
miraba con profunda atención lo que ocurría en esa hierofanía,
a sus tres meses de nacida ya su alma comprendía el “Shalom”:
Bienvenida a la comunidad humana desde la tradición católica“.

MAYA…
MAría por la Virgen; YAdira por su madre.
Ese día, esa tarde, tu destino fue sellado bajo el nombre de MAYA.
Fue un 7 de octubre, -hace ya diez años hija mía-, cuando fuiste bautizada.

¡Te extraño hija!
Pero sé que hay un vínculo muy en el fondo,
trascendiendo tiempo y espacio,
cualquier circunstancia,
donde las almas se encuentran,
que nos mantiene eternamente unidos,
ese vinculo que te repito constantemente desde lo más sagrado de mi alma y de mi amor de padre:
“¡Querida hija! Me veas o no me veas, Yo estoy contigo”.

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