Los valientes también lloran

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Cuando llegué frente a ella, su carita estaba llena de miedo, -lloraba y lloraba-,  y hasta se tiró al piso de sólo pensar en lo que le esperaba. Te confieso que yo también estaba temeroso, incluso dudaba de si sería lo correcto.

Mi hija tirada en el piso junto a su cama, con los brazos cruzados y sollozando amargamente por la estoica prueba que esa tarde enfrentaría. Su mamá fue suave y firme al principio, sin embargo, tuvo que endurecer el tono cuando nuestra hija se aferró en su negativa de levantarse del suelo.

Yo como papá me sentía dividido, una parte de mí decía que era lo mejor, que en la prueba tu maestro interno te pide que trabajes y evoluciones; y la otra parte de mí me tentaba a ponerme del lado de mi hija y evadirnos: “Mejor vamos otro día”.

¡Total! Que al final decidimos tomar al toro por los cuernos y nos dirigimos al hospital. Mi corazón de pollo sufría por el tormento que se avecinaba. No era para menos, ¡una vacuna es una vacuna!

Recuerdo que de niño, ver esas enormes agujotas mientras las enfermeras le extraían el aire a las jeringas, me ponía la piel chinita y me preguntaba: “¿Qué mal hice si siempre me porto bien? ¿por qué me traen a este lugar de tortura?” Cuando iba en la secundaria me aplicaron unas vacunas antirrábicas por más d e 5 o 7 días, ¡no sé cuánto!, pero además del dolor de la inyección, pasé la vergüenza de que me picaran en el vientre…

Volviendo a la vacuna de mi hija:

Platicando mientras íbamos en el auto rumbo a la clínica, surgió la frase: “Los valientes también lloran”. ¡Wow! ¡Gran revelación! Pues sí, es cierto, los valientes y los cobardes lloran, sólo que el valiente acepta el miedo y lo convierte en su catapulta para crecer.  El cobarde no y es aplastado por el miedo.

Cuando llegó el horrible momento, la enfermera nos miraba con cierta ternura condescendiente, -¿o tal vez sería lástima? ¿o como diciendo “y a estos ridículos qué les pasa”?-, mujer experta en convivir con tantos y tantos papás e hijos que sufren ante la aplicación de una vacuna, hizo rápido su trabajo.

Al final, nos merecíamos endulzar el momento y premiar la vacunística proeza, así que les invité a mi hija y a su mami unos deliciosos helados en Yogurtland Condesa, y como dicen: Fue prueba superada… por lo menos hasta la próxima cita.

Los valientes también lloran, -y de un modo particular cuando te aplican una vacuna-,  pero siempre será mejor cuando esos pequeños valientes saben que poseen una red familiar que los contiene y que caerán en ese colchoncito afectivo que les amortigüe los golpes de la vida.

Jesús Piña