Cuando se rompe el corazón

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I.

Para Rubén era un gran día. Cumplía dos años de noviazgo después de que se había dicho a sí mismo que ninguna mujer lo atraparía. ¡Claro que a los 24 años uno cree que puede comerse el mundo y a las mujeres de un solo bocado! ¡Ah! ¡Pero ahora era diferente, puesto que estaba enamorado de Sofía, una jovencita de 20 años a la que él ya veía como su pareja para toda la vida!

“¡Vueltas que da el destino!”,- meditaba mientras caminaba hacia la casa de ella con unas flores en la mano y una tarjeta en la otra. “Al principio era Sofía la que me rogaba que saliéramos juntos y ¡yo hasta le pedí que fuéramos novios en secreto!” –sin embargo, la situación había cambiado y ahora Rubén era el más enamorado y gritaba su amor al mundo entero…

Era el fresco atardecer de un domingo 14 de mayo y Rubén ya había tocado el timbre del departamento de Sofía; mientras tanto, esperó a los pies de la escalera a que bajara. Cuando ella hizo su aparición, su rostro era muy serio, de una seriedad que congelaba el alma. Rubén presintió algo muy malo pues una punzada atravesó su estómago.

“Tenemos qué hablar Rubén” –dijo Sofía en un tono seco y frío. “Llevo pensándolo muchas semanas y quiero terminar la relación.” –las palabras fueron tan rápidas y contundentes que Rubén quedó con la mente aturdida y sólo atinó a balbucear una estúpida pregunta: “Pero, ¿Por qué mi amor?”

“¡Porque ya no te amo Rubén!”, -dijo Sofía en un tono menos duro, pero que llegó como estocada fulminante al abdomen del adolorido muchacho. Lo demás que sobrevino en este fatídico encuentro, fue una serie de dimes y diretes donde Rubén rogaba y suplicaba y Sofía sostenía su decisión de romper…

II.

El parque estaba sombrío, -por lo menos así lo sentía Rubén en esa noche de plenilunio-. Llevaba ya varias horas bebiendo y la botella de ron se hallaba semivacía. Estaba solo, dramáticamente solo y sin poder llorar. La rabia contenida reprimía su llanto; cada trago de ron era incapaz de disipar el fuego que lo consumía. Sentado en una piedra, con las manos jalando su pelo, levantó la cabeza al cielo y protestó: “¡Por qué me la quitaste! ¡Por qué quieres alejarme de ella! ¡Te odio! ¡Te odio!”, -y como si hubiera sido una orden enviada desde la profundidad de su alma adolorida, Rubén lloró… lloró mucho… lloró un llanto incontrolable como el de un río desbordado de su cauce… se le había partido el corazón…

III.

Esa mañana de lunes despertó tardísimo, ni siquiera la resaca lo impulsaba a levantarse y buscar algún remedio casero. No fue a sus clases en la universidad. A lo lejos escuchaba el radio en la cocina y supuso que no había nadie en la casa, más que su mamá y él. Todo le parecía un espantoso sueño del que acababa de salir, pero no; era cierto, Sofía lo había terminado.

Como pudo se paró al baño, miró su cara en el espejo, tenía los ojos hinchados de tanto llorar, el semblante desencajado, el cuerpo cortado por el sufrimiento y el alcohol, sentía frío, mucho frío. En pijama caminó hacia la sala y se sentó en un sillón con la mirada perdida en el horizonte. Ni cuenta se dio que su madre estaba sentada en una silla del comedor, mirándolo en silencio; hasta que hicieron contacto visual. “¿Qué te pasa hijo?” –interrogó su madre en un tono casi de susurro. “Nada mamá. Me desvelé un poco” –respondió Rubén sin mucho convencimiento. “¡Claro que pasó algo! ¡Todo se derrumbó en mí!” –pensó por dentro con un grito contenido, pero sin abrirlo a su madre, quien sólo miraba sintiendo el dolor de su hijo, aunque sin pronunciar palabra alguna.

Inesperadamente, una fuerza superior a Rubén lo hizo ponerse de pie y caminar hacia su madre, quien seguía sentada. Él se arrodilló junto a ella, puso su cabeza en el regazo materno, la abrazó y se dejó abrazar, y se puso a llorar como un niño perdido a la intemperie. “¡Mamá! ¡Mamita! ¡Me duele… me duele mucho!” –eran las palabras que brotaban del alma dolida de un niño metido en el cuerpo de un hombre.

La madre abrazó aún más a su hijo, acariciándole la cabeza y pegándolo junto a su corazón, y junto con él lloró también; juntos lloraron lágrimas que liberan, que abren puertas y canales hacia las raíces de algo más grande que ellos, el clan familiar. Y fue ahí, en la paz surgida de la contención materna, donde Rubén cayó en la cuenta de que era la primera vez en su vida que su madre lo abrazaba y él la tomaba como un hijo, verdaderamente como su hijo.

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Jesús Piña
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Comentario de: Alan [Visitante]

Increíble descripción en todo momento,narración tan exquisita que pareciera llevar un televisor dentro
pero el final no lo fue así,considero sencillo el mensaje cuando pudo haber sido majestuoso

10.01.10 @ 23:42