El abrazo de papá

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“¿Qué se sentirá que te abrace tu papá?”
Aída, -una bella mujer de 36 años-, meditaba esta pregunta mientras se dirigía a su cita…

Cuando ella cumplió cuatro años sus padres se divorciaron y nunca más volvió a saber de él.
Era un tema prohibido en casa y aprendió a vivir con la ausencia paterna,
donde siempre juró y perjuró que no lo necesitaría.
Pero un sábado la invitaron a un taller de constelaciones familiares
y la terapeuta le mostró el origen de sus dificultades con los hombres:
le faltaba la fuerza de su padre.

“¡Eso no es cierto!”, -fue su primera reacción.
“¿Cómo voy a creer que alguien desconocido y ausente para mí influya tanto en mi vida!”, -manifestó con indignación.

“Ausencia es presencia. El primer hombre de tu vida es el padre”,-le contestó la terapeuta.
Tardó varios meses en asimilar la exótica idea;
treinta y dos años sin papá no se borraban fácilmente.

Aída era una exitosa profesionista dedicada a las relaciones públicas en una prestigiada consultoría ubicada en Santa Fe.
Su fuerte era el contacto personal, donde trataba a muchos hombres de poder,
negociaba con ellos, amarraba excelentes proyectos y conseguía jugosas comisiones.

Pero en el terreno afectivo, -el del corazón y las caricias-, era justamente al revés, no daba una con los hombres.
Ella nunca había entendido esa contradictoria dualidad en su vida,
hasta que la terapeuta se lo mostró.

Mientras dejaba su auto con el valet parking, se precató de su nerviosismo, las manos le sudaban, su corazón latía agitado.

“¡Qué extraño!”, -pensó. Estaba acostumbrada a tratar de frente con hombres poderosos,
y en esta cita con el hombre que le dio la vida,
se estaba comportando como una niñita asustada.

Súbitamente le llegó un flashback casi borrado por el tiempo:
Se visualizó a los dos años de edad refugiada entre sus cobijas, llena de miedo, mientras caía una fuerte tormenta;
era de noche y sólo escuchaba los truenos rasgando el silencio.
Su carita cubierta de lágrimas y su cuerpecito tembloroso eran el mismísimo retrato de la vulnerabilidad.
En esa imagen, vio abrirse la puerta de su recámara y entre las sombras apareció una silueta masculina, la niña estaba aterrada, pero no gritó.

El hombre se acercó con dulzura y abrazándola con infinito amor le susurró:
“¡Tranquila! ¡Yo estoy aquí!”
Ese abrazo la contuvo, la hizo sentirse protegida.
Poco a poco se durmió, al tiempo que aquél hombre le acariciaba su pelito y le cantaba una canción:

“Yo quiero una princesa convertida en un dragón,
yo quiero el hacha de un brujo para echarla en mi zurrón
yo quiero un vellocinio de oro para un reino
yo quiero que Virgilio me lleve al infierno
yo quiero ir hasta el cielo en un frijol sembrado y ya”

(Silvio Rodríguez)

 

“¡Señorita! ¡Señorita!”, -le habló el valet parking.
Aida volvió de su ensimismamiento, tomó su boleto y caminó al interior del restaurante mientras miraba su reloj.
“¡Es tardísimo! ¡Nunca llego tarde a ninguna cita!”, -se recriminaba a sí misma.

Adentro, alcanzó a ver a un hombre ya de canas, sentado en la mesa que ella reservó.
Tomó aire, se acercó apresuradamente y con balbuceos comenzó a disculparse por su retraso.

El hombre la miró a los ojos y sujetándola suavemente de los hombros le dijo: “¡Tranquila! ¡Yo estoy aquí!”.