Cuando el bullying era agarrarte de barquito

Share

“Pórtate bien y no te pelees con nadie…”

Camilo escuchó la recomendación de su madre antes de cruzar la puerta de la escuela. Ella siempre se lo decía y él era muy obediente; además, amaba mucho a su mamá. ¿Cómo entonces enfrentar el hostigamiento de Raúl, el niño más malo de su grupo de primero de secundaria?

Muchas ocasiones se quedó con el coraje atorado y sólo callaba estúpidamente, mientras sus compañeros reían por la broma de la que había sido objeto ese día, cualquier día, todos los días. Prefería ser el depositario de las burlas de Raúl y sus secuaces a contrariar a su madre. “¡Pobrecita! Ella ya tiene demasiados problemas como para ensartarle mis broncas con los compañeros del salón.” -cavilaba amargamente y con resignación el joven Camilo.

Esa mañana en el recreo mientras comía una torta de jamón con queso, Raúl “el diablo”, -así le apodaban en la escuela al terror de todos los que se dejaban,- se paró frente a Camilo y le tiró su torta de una patada, ante la cómplice mirada de cuatro niños más que lo acompañaban. Lo común era que Camilo se agachara a levantar los restos de comida, fuera agarrado entre Raúl y sus secuaces para hacerle “calzón chino”, lo arrojaran a un contenedor de basura y terminaran gritándole que era un “mariquita”, -en realidad le decían puto, sólo que la palabra es demasiado cruda-. Sin embargo, esta vez fue diferente…

 

 “¡Eres una idiota! Siempre lo mismo contigo, eres una pendeja”, -gritaba el papá de Camilo a la atolondrada esposa. “¡Te he dicho mil veces que me gustan las tortillas calientes y recién hechas! No éstas porquerías de hule. ¡Ya hasta se me quitó el hambre por tu culpa!” Esta era la escena cotidiana de cada comida familiar en casa de Camilo, quien ya sabía el desenlace de la misma historia de siempre: Su padre insulta, su madre calla, su padre se exhalta, su madre se disculpa, su padre le suelta un golpe, su madre llora en la cocina. 

Sólo que esa vez fue diferente… Su mamá encaró a su esposo con un sartén en la mano mientras le decía con voz entrecortada pero firme: “¡Ya basta! ¡Ya me harté de tus humillaciones! ¡Atrévete a tocarme y te sorrajo un sartenazo en la cabeza!” Todos estaban sorprendidos, el marido bravucón, el joven Camilo  y hasta su propia madre de ella misma.

Extrañado y refunfuñando el papá se metió a su recámara; la mamá bajó el sartén, suspiró profundo y se encaminó a la cocina; y ahí solito en el comedor, fue que Camilo descubrió algo maravilloso, una revelación divina para su alma: es sano enojarse y defenderse…

Camilo dejó la torta tirada en el piso, se puso de pie frente a “El diablo” y lo encaró diciendo con voz entrecortada pero firme: “¡Mira hijo de la chingada! ¡Ya me tienes hasta la madre! Tal vez me ganes pero esta vez no me voy a dejar…” De inmediato Raúl y Camilo pelearon en medio del patio rodeados por los curiosos que ya tenían show en el recreo. Un prefecto llegó corriendo junto con dos maestros, separaron a los rijosos estudiantes y se los llevaron a la dirección, al tiempo que el resto de los alumnos abucheaba la interrupción de su espectáculo gratuito.

Raúl salió con algunas raspaduras, más nada grave, ya estaba curtido después de tantas peleas en su récord personal. El saldo para Camilo: un moretón en la frente, su nariz sangrando, la camisa rota y una sensación deliciosamente nueva: es sano enojarse y defenderse. Ambos fueron suspendidos por una semana de la escuela.

Sentados en la banca de un parque cercano a su casa, la madre de Camilo le reprochó: “¿Por qué Camilo? ¡Cuántas veces te dije que te portaras bien y no pelearas! ¡Estoy muy decepcionada! Durante quince días no habrá tele, videojuegos ni computadora.”  Pero en el corazón de Camilo las palabras de su mamá se perdían en el aire del bla bla bla, el verdadero mensaje materno ya había llegado para quedarse en la imagen de un sartén: es sano enojarse y defenderse.

Aprende cómo enojarte sanamente! Haz clic en: Recupera tu paz en medio del caos

Jesús Piña
Invierte en tu Vida