Nadie te puede quitar lo que ya es tuyo

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A la salida de la escuela, mientras comprábamos una paleta de fresa, mi hija de 7 años me preguntó:

– Papi, ¿por qué la gente se enoja?

Porque tiene miedo hija. –le respondí como me habían enseñado los libros de psicoterapia-, ¿Qué fue lo que te pasó?

– Es que mi amiga Montse se enojó conmigo porque le hablé a otra niña del salón -respondió mientras le daba una mordida a su paleta,- ¿Entonces mi amiga se enojó conmigo porque tuvo miedo? -me volvió a cuestionar.

– Así es, hija; ella tuvo miedo de perderte, de que te alejaras y ya no la quisieras. –y mientras caminábamos por la calle le dije:- Te voy a enseñar algo hija y guárdalo en tu corazón: Nadie te puede quitar lo que ya es tuyo.

– En silencio mi hija comió su paleta de fresa como asimilando lo que acababa de recibir, mientras yo pensaba en lo que iba a prepararle para la comida.

Otro día, en la noche de un miércoles que había sido de mucho trabajo para mí, fui a la recámara de mi pequeña y le pedí:

– ¡Apaga la televisión, hija! Es hora de dormir.

– ¡No quiero papá!, -fue la retadora respuesta que me puso en tensión.

– ¡Ya es tarde hija y mañana tienes qué ir a la escuela!, -le dije como si eso fuera motivo suficiente para convencerla.

– ¡No quiero! -me gritó.

– ¡Me estás haciendo enojar y no quiero castigarte! –le contesté mientras sentía cómo el coraje me inundaba todo el cuerpo.

– ¿Estás enojado papi?, -fueron sus palabras y el detonador que me hizo explotar.

– ¡Sí porque no me obedeces!, -le grité.

¿Entonces tienes miedo papi? –fue su contestación.

En ese momento me quedé callado, sin saber qué decir. Recordé lo que le había enseñado días anteriores al salir de la escuela. Si la gente se enoja porque tiene miedo, ¿A qué le tenía yo miedo en ese momento? -me pregunté.

Guardé silencio, miré a mi hija y apareció sutilmente la respuesta: Tengo miedo de no saber ser un buen papá para ti, -le contesté ya más tranquilo.

Hubo un silencio profundo entre ella y yo. Se acercó despacio hacia mí, se metió entre mis brazos, me miró y me dijo con su vocecita:

¡Hasta mañana papi! ¡Tú eres el mejor y el único para mí!, -la abracé, le di un beso en su mejilla y se fue a acostar. Mientras esto ocurría, una frase se repetía en mi corazón, una y otra vez, con gran fuerza: “Nadie te puede quitar lo que ya es tuyo”.

Jesús Piña